Del aquí y el ahora

Inspiraciones. Recuerdos. Momentos. Placeres simples. Rituales cotidianos.

Tenía que sacarlo: sobre 13 Reasons Why

Hace un par de días terminé de ver la serie 13 Reasons Why y me quedé rumiando varias cosas… En principio pensé “no me gustó por esto y esto y esto”, pero luego me dije “¿eso qué?”. Sin duda, tener un antecedente familiar de suicidio y depresión, y saber por experiencia que las secuelas emocionales de un hecho así tienen brazos muy largos, volvió a hacerme ‘toc, toc’ en la cabeza. Por eso, precisamente, tecleo esto.

Me inquietó mucho sentir que la serie transmite el mensaje de que ‘vale la pena’ que Hannah se suicide y grabe las cintas porque muchas cosas cambian y se revelan. A botepronto me enredé y lo vi como una especie de ‘validación’ del suicidio, aunque a nivel guión básicamente es el detonador de la historia, tal como en muchas películas de Disney lo es la muerte de uno o ambos papás. Además, cruda y estúpidamente, los hechos convulsos son los que tienden a sacudirnos más, aunque no necesariamente ni en todos los casos se traduzcan en un avance emocional personal ni todo se acomode tan ‘bien’ y soundtrackeado como en la tele.

Y fue justo aquí donde, al final, en lugar de sentir que perdí el tiempo al ver 13 episodios, encontré varios puntos positivos:

-Esta serie abre la puerta a que reflexionemos (con ganitas) sobre una situación poco hablada y para la que nadie está preparado: el suicidio (además de la salud mental y la violación). Porque es un hecho: hay una incidencia mundial importante de suicidios adolescentes. Tanto así que varios organismos consideran que, de seguir así, esto podría alcanzar niveles epidémicos en el 2025 y… La verdad, no parece que estemos entendiendo qué pasa.

-Hay una circunstancia que no recuerdo haber percibido en mi adolescencia: un programa de televisión, con montones de menciones en medios y dentro y fuera de las redes sociales, puede servir como punto de encuentro entre adultos y adolescentes. Quizá no al punto de verla juntos en muchos casos, pero sí para encontrarle hilo a la charla de un tema serio y real. Claro, somos nosotros quienes deciden aprovecharla o dejar que se evapore ante la siguiente serie del momento. ¡Qué momento único!
-Sí, esto puede suceder en cualquier familia, así sea en una como la de Hannah, donde se viven cosas eeeequis. Porque la cuestión es que cada mente/espíritu tiene un umbral de sufrimiento emocional determinado; algo que tiene que ver con química cerebral individual, no con la consideración ajena de si te pasa ‘poco’, ‘mucho’ o ‘lo que a todos’.
Y ahí en donde la serie falla completamente (¿lo hará mejor el libro?) en mostrar la complejidad de un estado mental/emocional alterado, como una depresión, nosotros, los adultos, podemos tratar de llenar los ‘huecos’ y darle una mayor dimensión. Cuestionemos nuestros niveles de empatía. Airemos nuestros temores, prejuicios, ideas… Llevemos el nivel de discusión sobre el tema más allá de lo técnico/anecdótico de ‘la serie del momento’. Sobre todo porque en este caso ha salido a cuento un escabroso síntoma social y hablarlo puede ayudarnos a ‘elaborarlo’ un poco. No hacerlo acumula sufrimiento, confusión, tristeza, vergüenza, soledad, oscuridad emocional y mantiene al suicidio como una opción para dejar de sentir el peso de esa montaña.

Los papás que somos

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Últimamente, muchos de los artículos/textos/opiniones sobre maternidad/paternidad que he leído me han llevado a preguntarme si quizá, más que reflexionar sobre los retos que enfrentamos ahora como papás, estamos dando vueltas en círculos en una especie de recetismo de qués y cómos para ser mejores papás.

“Esto es lo que hay que hacer para que tus hijos sean agradecidos”. “Esto para que sean exitosos”. “Esto para que sean amables”. “Esto para que coman de todo”. “Esto para que sean grandes lectores”. “Diles esto para que se valoren”. “Haz esto para que sepan manejar sus emociones”… No quiero decir que estos textos estén “mal”. Creo que de algún modo responden al anhelo de certidumbre que tenemos de saber por dónde van las cosas hoy, de tener cierta luz en esto de criar a otra persona (algo que resultó más complicado de lo que nuestros papás lo hicieron ver), de compartir experiencias e información.

Pero, ¿realmente listados de qués y cómos es lo que más necesitamos o lo más útil? ¿No será que a la larga terminan por alimentar la culpa paterna de nuestra generación, esa que te puede llevar a pensar que no haces las cosas lo suficientemente bien, que no pasas suficiente tiempo con ellos, que no emprendes todos los esfuerzos necesarios ni estás cerca de cumplir con el interminable checklist imaginario para criar un “buen hijo”?

Queremos criar hijos felices, exitosos, amables, con conciencia ecológica, social, espiritual, alimentaria, cultos, contenidos, deportistas, conocedores de sus emociones… Básicamente parece que queremos criar a la generación más upgradeada de la historia. Pero, ¿estamos, nosotros como adultos, a esa altura o cerca de alcanzarla? (por el estado del mundo, yo diría que somos tan humanos como siempre). Y si no, ¿cómo vamos a lograr semejante hazaña? En serio, ¿cómo vamos a transmitirle a nuestros hijos algo que no somos? Sobre todo cuando los niños lo que más imitan son nuestras acciones diarias, por minúsculas que sean o imperceptibles que nos parezcan.

Como padres y madres, ¿hablamos suficiente de las emociones ambivalentes, las situaciones no siempre agradables y los retos que tener hijos nos provocan a nivel personal? ¿Aireamos adecuadamente nuestras frustraciones? ¿Cómo hacemos frente a los deseos o expectativas de nuestro ser padres vs nuestro ser profesional o individual? ¿Tenemos límites? ¿Qué tan disciplinados somos? ¿Hacemos algo por nosotros como personas con regularidad? ¿Por ser personas más conscientes, más ‘trabajadas’? ¿Vivimos la vida que imaginamos para nosotros cuando éramos (más) jóvenes? Si no es así, ¿estamos al menos conscientes de las emociones que esto nos genera? ¿Estamos en una relación que nos nutre o más bien en una que nos mina?¿Realmente tenemos las condiciones sociales y laborales para ser padres ‘más presentes’? ¿Hacemos algo al respecto? ¿Cómo nos involucramos con nuestra comunidad? ¿Nos ayudamos unos a otros?…

No somos ni seremos los papás que fueron los nuestros (al menos no del todo): estamos ante otras circunstancias. Además, como toda generación, hay muchas cosas que queremos hacer y estamos haciendo distinto. Irónicamente, eso hará que nos equivoquemos en muchas cosas, en aspectos inesperados (al menos por nosotros). Pero quizá sí tenemos una gran oportunidad sobre nuestros papás: la posibilidad real de hacer un trabajo emocional más consistente (de algo tendría que servir ser una generación más terapeada). La posibilidad real de transmitirle a nuestros hijos que el ser y las emociones se exploran, se confrontan, se trabajan… Todos los días, sin importar si somos contadores o músicos. Y que el trabajo emocional que hago como individuo afecta o beneficia a quienes me rodean.

¿Cosa fácil? Pues no, nada. Porque tampoco es que al trabajarnos vayamos a dejar en manos de nuestros hijos, ya moldeado, ese destino ideal que queremos para ellos. A lo más, les estaremos dando herramientas para que transiten su propio camino, y este puede implicar retos tremendos e inimaginables para ellos y para nosotros. Eso da miedo, mucho miedo. Nos hace querer controlarlo todo. Pero el miedo y el deseo de control no pueden ni deben de ser nuestros conductores. Nos dejan ciegos. La vida no deja de suceder por cerrar los ojos y repetir “lo malo le pasa a los otros, lo malo le pasa a los otros, lo malo le pasa a los otros”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Casi) dos años después

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Pronto habrán pasado 2 años desde que abracé por primera vez a mi chamaquilla, alias Sonricienta  Torbellino Meteorito. Durante mis meses de ‘barrigonez’, sí pensé en lo duro que quizás sería llegar hasta aquí, pero no dimensioné cuánto (no hay forma de hacerlo, en realidad) ni que habría días en los que me sentiría hasta asfixiada ante lo demandante que resulta atender a un bebé. Tampoco imaginé que el segundo año terminaría por parecerme incluso más desafiante que el primero. Pero siempre resonó en mi cabeza aquello que dice Laura Gutman: que el posparto en realidad dura dos años.

A mi mente (tan necesitada de plazos) le pareció el ‘finito’ perfecto del cual agarrarse para entrarle al 24/7 de la maternidad y lo transformó en una especie de mantra, en algo así como un “cuando cumpla 2, se acomodará todo y podré…” que me ha servido para sobrellevar los días más duros: esos en los que una se siente lo que sigue de desbordada e ineficiente, a años luz de su centro. Esos en los que ni da tiempo de llorar.

Y sí, ahora que Sonricienta sople 2 velas, ese modus vivendi habrá caducado: ha entrado a la escuela y nuestros días se han acomodado de otro modo. Pero hace unas noches, como si me hubiera caído un rayo, asumí que cuando estemos frente a su pastel, no voy a cruzar ninguna especie de ‘portal invisible’ ni las piezas del rompecabezas van a volverse estáticas o más fáciles de acomodar (tratar de guiarla en el descubrimiento de sus emociones me lo ha dejado claro). Al ir a la escuela y conforme crece, mis días tienen un poco más de orden y espacio para trabajar, para resolver pendientes y para mí, pero mi vida se transformó y “todo lo que hacía antes” no volverá a ser referente.

Ella podrá necesitarme menos y explorar más el mundo, pero yo seguiré siendo su mamá 24/7. Simplemente es otra etapa, a la que luego seguirá otra y otra… Y en todas, todas, habrá retos que me parecerán los más complicados hasta entonces por una simple razón: ser mamá implica romper todos los días con tu zona de confort (por eso siempre es más duro, pero también más gratificante de lo que se creía). Apenas le vas agarrando los modos a una etapa y ya te están cambiando la jugada. Siempre hay sorpresas, imprevistos, vueltas de tuerca que ni viste venir… Vas de sentirte poderosa y plena a creer que te derrumbas y de regreso. De querer huír a derretirte y llenarte de energía para seguir gracias a un simple “mamá” o una carcajada (ya no digamos un abrazo). Así cada día o varias veces a lo largo de uno solo. Así, hasta el último aliento.

Ahora que lo escribo, siento que parece algo muy obvio (porque encima, con o sin hijos, la vida está plagada de cambios), que es algo que sabía desde siempre, pero quizás son tantos los ajustes, los desafíos, las emociones, los descubrimientos…que la mente busca ‘armas’ para digerirlos de a poco, y pensar en esos “2 años” ha sido la mía. Creo que finalmente he soltado a la que fui y “todo lo que hacía antes” para abrazar de corazón a la que soy ahora y “TODO lo que hago”. Siento que he tomado suficiente aire y fortaleza para poder ver a los ojos –y sin parpadear– a la incertidumbre sin dimensiones que implica ser mamá. Para poder admitir en voz alta que siempre sentiré que algo de mí vive fuera de mí. Y que aunque eso me hace sentir más vulnerable que nunca, al mismo tiempo me hace echar mano de toda la energía y valentía que tengo. Y hasta la que no.

El verano ‘perfecto’

Tan pronto nos confirmaron que había lugar para Sonricienta en el próximo ciclo escolar, mi mente se dijo: “Nuestros últimos meses juntas tooodo el día tienen que ser inolvidables. Será EL verano de veranos”. Acto seguido: entré en frenesí y me hice de un montón de listas de actividades y manualidades para toddlers (ajá, de esas que pululan en Pinterest), busqué información sobre actividades veraniegas para niños y me emocioné con todos los lugares que podríamos visitar (como si mágicamente yo fuera a tener libres todos los días, o la mayoría).

Por supuesto, nunca consideré que se nos podían atravesar 4 colmillos muy latosos, una infección en vías urinarias, una infección viral, un pico tremendo de ansiedad de separación y pesadillas, la decisión de Sonricienta de irse a dormir a su cuarto (con sus ires, venires y despertares) y hasta roseola (¡!). Tampoco conté con que todos estos sucesos se llevarían al carajo nuestro descanso, mi ritmo de trabajo nocturno y días enteros entre una cosa y otra.

No recuerdo ya cuándo fue la última vez que dormí una noche de corrido, o al menos más de 4 horas seguidas. He estado tan cansada y a veces tan malhumorada que no da ni el medio día y yo ya ruego porque llegue ese momento en el que por fin Sonricienta cae dormida. Aunque a las 7 de la noche me entra el terror y la desesperación de quién-sabe-a-qué-hora-será-eso-y-yo-con-tantas-cosas-por-hacer… Y ay, ¡¿a qué hora vamos a pasear?, ¡¿a qué hora nuestro verano memorable?!

No han sido pocas las veces que estallo en llanto en plena madrugada con la sensación de que en serio ya no puedo más y urrrge que ‘esto se acomode’ y llegue el día de entrada a la escuela. Aunque quizá anoche tuve mi peor episodio hasta ahora, y como consecuencia finalmente asumí que durante este verano habremos hecho, si acaso, un 15% de lo que tenía planeado, lo que lo hace muy distinto al que imaginé. Pero con la serenidad que da una larga siesta, me di cuenta de que también ha tenido muchos días ‘perfectos’ y momentos maravillosos. Mientras descargo las fotos acumuladas en mi teléfono y las veo, me doy permiso de aceptar que estoy siendo muy dura conmigo.

Admito que el anhelo de que estas semanas fueran particularmente inolvidables es porque yo sé que una etapa llega a su fin y quería cerrarla con la paz mental y emocional de haberlo dado todo (por si acaso antes no), porque estos días ‘nunca volverán’ (a veces doy gracias por eso) y…sí, también porque es lo que me hubiera gustado vivir de niña. Pero para Sonricienta las cosas son distintas; ella aún vive a tiempo completo en el aquí y el ahora, y mis expectativas no son las suyas. Como a cualquier niño, lo que verdaderamente le importa es estar con sus papás, no la ‘pirotecnia’, algo que entre tantas cosas de adultos, se olvida fácil, muy fácilmente.

Durante este verano ha ido conmigo a juntas y citas de trabajo, a la oficina, al súper –como desde que nació–; pero también hice todo lo que pude para que hubiera días extra de playdates y picnics, de paseos y horas de juego en el parque y otros sitios. En las fotos se le ve sonriente, divertida, no importa dónde estemos ni que no hayamos hecho casi nada de lo que contemplaban mis listas veraniegas. Hemos reído por cualquier cosa, nos hemos quedado tumbadas en un abrazo o leyendo cuentos, hemos compartido fruta, helado, pan y otras golosinas, hemos paseado de la mano y en bicicleta, dormido una que otra siesta deliciosa. Gracias a todos esos imprevistos también hemos pasado mañanas o tardes extra en casa haciendo ‘nada’… Juntas.

Sin duda, para mí ha sido un verano agridulce, pero quizá Sonricienta lo haya vivido de la mejor forma que podía pasarlo, a pesar de mis fallas, mis momentos de quiebre y por encima de mis anhelos: del tingo al tango con su mamá. Y como sea, yo estoy segura de haberme dejado entera al estar con ella. Aunque… ¿No es eso lo que hacemos las mamás todos los días?

Sobre ser mamá

La crianza es una labor llena de ambivalencias: uno pasa de sentirse superheroína a alguien completamente carente de cordura. De ahogarse en dudas y cansancio a irradiar decisión y voluntad. De la más increíble fortaleza (mental y física) al terror paralizante. Del tierno derretimiento a la furia’ tsunamiesca’… Todo eso y más en un mismo día, uno tras otro.
Pero si de algo no se trata es de hacer ‘todo bien’ o ‘mejor’ en comparación con otras mamás, sino de darle tu todo a la(s) persona(s) que te tocó guiar, aunque eso conlleve equivocarse. Convertirse en mamá confronta profundamente con la propia humanidad, y luego uno ya no tiene muy claro quién aprende más de quién: si los hijos de uno o uno de ellos.
Así que a todas las mamás que por una u otra razón conozco: un abrazo inmenso. Nunca como ahora he comprendido la importancia de hacer comunidad entre nosotras, de acompañarnos y apoyarnos. De recordarnos unas a otras que todos los días lo hacemos lo mejor que podemos, incluso en los momentos en que menos nos lo parece. Finalmente, cada mañana nos levantamos casi cual resorte a sabiendas de que el reto que nos espera es la crianza de otra persona, que algún día seguirá su propio camino. Para mí, además de amor incondicional, eso es valentía pura.

Nos conocimos hace una vuelta al sol

 

Hace un año, cuando E. llegó a este plano, sonaba Kind & Generous de Natalie Merchant. En ese momento me pareció una ‘coincidencia’ maravillosa por ser una de mis canciones favoritas de mi cantante favorita. Pero conforme han pasado los meses me ha quedado claro que no podría haber sonado otra canción para recibir a la persona luminosa que es. Han sido 365 días intensos para arriba, para abajo, para un lado y para otro, pero vivir este año a su lado me ha dejado tremendas lecciones (algunas recibidas con más resistencia que otras porque pues… soy de mente rigidita) y no puedo más que agradecer la amabilidad y la generosidad de la vida. Comparto las que más me han sorprendido, tambaleado o hecho sonreír:

  • Lo que te funciona uno o varios días… De pronto deja de hacerlo y hay que encontrar un nuevo modo de hacer las cosas, dígase dormir  al cachorro, cargarlo, etc.
  • El cuerpo es una ma-ra-vi-lla. No solo por su asombroso poder de darle vida a otra persona, sino porque sin importar el cansancio, el simple suspiro de tu bebé hará que te levantes.
  • La mayoría de tus amigas de siempre (ahora ‘sin hijos’) difícilmente dimensionarán tus tragedias y sus palabras no serán tan reconfortantes como antes.
  • Algunas personas con las que cuentas huirán a la primera de cambios; otras, sacarán su lado más patán; mientras que algunas que no suelen estar en tu radar te darán más que una mano. Claro, hay quienes permanecen incansables a tu lado. Al final, están los que tienen que estar.
  • Es necesario hablar con otras mamás, en particular con aquellas que más o menos viven la misma etapa que tú. Una charla casual en el parque puede dar mucha perspectiva.
  • En algún momento, la falta de sueño sí hace que roces la locura. En serio. Pero también a eso se sobrevive.
  • Hay días que es imposible disfrutar. Y está bien. El equilibrio solo es posible porque existen los opuestos.
  • Eso de que los 3 primeros meses son los más difíciles es… ejem, un decir. La etapa que vives siempre es la más desafiante: ser padre es un maratón continuo.
  • Uno no solo se queda sin tiempo para ir al baño, medio bañarse o comer de una sola sentada (¿comida caliente?, ¿qué es eso?), incluso hay días en los que ni se puede llorar y mucho menos, autocompadecerse.
  • Ser puntual es casi imposible. En el último minuto siempre sucede algo que te impedirá salir según lo previsto. Incluso, llegar. Pero con todos y las prisas (y los perdones a pedir por no llegar a tiempo), no dudarás en esperar a que tu bebé termine su siesta antes de bajarlo del auto.
  • En esta labor se llora por un montón de razones y más seguido de lo que uno cree.
  • Abrir un día el clóset y preguntarte “¿pero de quién carambas es esta ropa?” puede pasar. Sentirse una persona completamente distinta de un día para otro es posible.
  • La otra persona responsable de haber dado vida a tu cachorro tiene un lado nuevo que mostrarte, uno que (si eres suertudote) hará que la ames y admires más.
  • Apreciar lo que vale cada segundo: lo que puede pasar en unos cuantos.
  • El miedo es el peor consejero de crianza, pero puede sonreírsele y transformarse en impulso.
  • La gente se siente con el deber moral de opinar, incluso en la calle: si lo cargas bien, si lo tapas suficiente… No hay límites. Y uno puede aprender a escuchar, sonreír, considerar si lo dicho tiene algo de razón, sirve de algo o simplemente puede desecharse.
  • A veces sientes que no haces nada, pero acabas exhausta.
  • Al final de un día desafiante, lo que hay que recordar es que estás criando a un ser humano, con un cuerpo y un cerebro tan intrincado que de ningún modo puede ser sencillo.
  • Tener un hijo te muestra una soledad muy peculiar, pues aunque compartas la responsabilidad con alguien, cada quien debe de descifrar su forma de ser papá.
  • No se hacen las cosas mejor que otra mamá. Cada quien hace lo mejor que puede y como dicen, cada quien libra su propia batalla a tiempo completo.
  • Comprender el verdadero sentido de anteponer las necesidades de alguien más a las mías.
  • Apreciar descomunalmente cada una de las cosas que mis papás hicieron por mí. Incluso, algunas que en su momento reclamé con fiereza.
  • Más que nunca, hay que escuchar al corazón y actuar de manera que se quede tranquilo. Lo que digan, opinen o consideren los demás importa un carajo.
  • Como especie, podemos ser muy brutos en asuntos de crianza y muy ignorantes en cuestiones de desarrollo biológico y neurológico (sí, incluso los universitarios). La mayoría de los consejos que te dan implican limitar-condicionar las muestras de afecto. Y luego nos preguntamos por qué el mundo está como está.
  • La capacidad de asombro, de maravillarse ante lo más simple… Está ahí, siempre al alcance. Es cuestión de abrir bien los ojos.
  • Es posible y necesario ser más alegre, más simple y reír más. Improvisar más.
  • Un hijo puede ayudarte a tender o concluir puentes que tú solo habías dado por perdidos.
  • Hay que dejar de luchar batallas inútiles de una buena vez. Son necedades.
  • Un hijo puede ser un gran maestro: no solo te muestra tu lado más positivo y de todo lo que eres capaz, también tus carencias, lo no resuelto… Cosa de verlo, aceptarlo y trabajar en ello.
  • Se puede vivir despeinada y reírse de ello.
  • Uno puede tener muchas ideas y teorías sobre el tipo de papá que será, pero la realidad es otra muy distinta. Cuando tienes en tus brazos a tu cachorro, se abre una dimensión completamente desconocida. Literal.
  • Siempre puede amarse, darse y entregarse más. Mucho más. Sin parar.

 

 

 

 

Gratitud

Ningún año está lleno de puros momentos felices y sonrisas. Siempre hay pérdidas y lágrimas (más o menos). Pero lo verdaderamente importante no es lo uno ni lo otro, sino lo que ambas vivencias le dejan al corazón. Esas enseñanzas que, una vez destiladas, pueden fortalecernos para los días que aún están por venir. Para seguir andando hasta donde nos corresponda. Así que, por todo-todo aquello que trajo este año: Gracias. Gracias. Gracias. Y que el siguiente nos encuentre con las palmas de la mano completamente abiertas y mirando hacia arriba. Sea para entregar, para compartir o para recibir. Lo que haya de ser. Mucha Metta.

Una anécdota (muy) simple

El otro día, en uno de esos súpers que requieren membresía, me toman la foto para la credencial y al verla digo: “Uy, salí toda despeinada”. Entonces, la empleada que la tomó me dice con tono sincero: “Pero sales muy sonriente. Casi nadie sonríe en las fotos”. La amé. Es increíble que a veces uno solo es capaz de verse las ‘fallas’, aunque sean pequeñas, y tenga que ser alguien más quien te señale lo importante.

Un mes después

Entre la marea de emociones y sensaciones que desata tener en tus brazos a una personita de la que eres responsable, me asombra (y desarma) la muestra tan tangible de impermanencia que es. Porque uno fácilmente olvida que cada día es y se es distinto, que constantemente un suceso o un cambio sigue a otro. Incluso que uno está aquí de manera temporal. Pero un bebé te hace notar todo eso a tiempo completo. Sea a través de la ropa que cada día le ajusta más, de los pliegues en su piel, de sus reacciones, de su temperatura, de la conciencia que va tomando de su cuerpo, de su fragilidad… De tantos y tantos detalles. De algún modo, tener un hijo es abrirle la puerta a lo sublime y, al mismo tiempo, a grandes miedos y deseos. A la vida con una propulsión a chorro. Y qué alegría maravillosa haber decidido ser mamá, porque un mes después de la llegada de E., ya no imagino los días sin todo lo que tiene por enseñarme.

Cambio nombres y apellidos, para servirle

Primero le cambié al nombre a una novia en una conversación, lo que al día siguiente, en la regadera, me hizo entrar en pánico: ¡Había escrito mal su nombre en la tarjeta del regalo comprado la tarde anterior! En cuanto pude, fui a la tienda y pedí cambiarla. Falsa alarma. Lo había escrito bien; solo lo había cambiado en mi mente. Respiré aliviada.

Hace unos días pasó justo lo contrario. Andaba yo muy tranquila con un artículo recién publicado, hasta que descubrí que le había cambiado el apellido a un entrevistado. Pena absoluta, pues no fui yo quien cayó en cuenta de ello en un momento de claridad. ¡Fue él quien me dijo! Porque sí, en mi mente siempre tuvo el que le consigné vaya-usté-a-saber-por-qué-razón.

Conclusión: a veces no se puede confiar ni en uno mismo.